Gallo rojo, Helena de Troya y el Sonzo oficiaron el encuentro de principio a fin. Por momentos desaparecían, ya no existían; por momentos, reaparecían disfrazados de uno de los locos. Entonces eramos 8 los locos. A veces, se juntaban mucho, en un rincón de la caja de zapatos,y se fusionaban en un gran ojo sin párpados, el ojo que todo lo ve. A veces, la voz de uno era la voz de los tres; a veces, gritaban al mismo tiempo, desaforados, cada uno intentando hacerse oír más que los otros. Muchas veces, eran los otros que nosotros precisabamos para ser nosotros. Muchas otras, ellos eran nosotros, entonces nosotros eramos todos. Y el Sonzo repartía caricias de padre, justo al corazón, y el Gallo rojo se dejaba mirar desde abajo, sin erizar la cresta. Y Helena!!
Helena era la perdición de los locos. Su encanto producía invariablemente dos imágenes simultáneas. En la primera, ella yacía desnuda, en una playa desierta, esperando con ansias ser poseída; en la segunda, su voz era un pincel que cada loco utilizaba para dibujar un niño, el niño que cada loco había sido cuando niño. La lascivia que provocaba la yuxtaposición de estas dos imágenes, hacían que cada loco tomara al niño, se metiera directo en la selvática pubis de Helena de Troya, hasta llegar a la casa donde había sido (o hubiera podido serlo) feliz.
Entonces, Helena -que segundos atrás nos había pateado escaleras abajo, haciendonos caer sobre nuestro correspondiente niño-, sintiendo nuestro doble dolor (uno correspondía al que fuimos, y otro al que estabamos siendo) dijo: - Basta de caras largas!-, y se echó a llorar.
El cambio trasgeneracional y los nervios hicieron que Antón se vaya, silbando bajito. Un loco, vió que otro de los locos también tocaba la batería, pero tocaba demasiado platillo. Que estruendo! Entonces, se puso a tocar el bombo, con el pie. Mientras, Antón hacía la copia de la copia. Hardt dice que Deleuze dice que Bergson dice que Hegel dice que Aristóteles dice que Platón dice que Sócrates estaba pasmado por la idiotez de su compañía femenina, y por eso se pasaba el día fuera de casa, seduciendo mancebos helenos.
Un loco, chocó de pronto contra la pequeña torre de babel, puesta por el mismo ahí, en medio de la caja. La puso el mismo porque él, era el loco de los obstáculos. Había otro de los locos, que era loco por los obstáculos, pero justo en ese momento se encontraba prendido de un cuello que se paseaba sólo por la caja, sin cabeza que sostener y sin cuerpo que lo sostenga. El primero, luego de chocar contra la torre de babel, resbalar con un bate y barrer la torre, babeó a torrentes.
Baruch Spinoza, salió entoncnes del baño y, comiéndole la oreja a una loca (claramente le gustaba) le dijo: “Con la suspensión de la mirada se asesta un gran golpe a la jerarquía y ordenamiento de las afecciones. El cuerpo ya no puede elegir qué suprimir ni que permitir del afecto. La ansiedad que produce esta desestabilización hace que nos aferremos con terror a la más terrorífica aún idea de que el único conocimiento posible es un conocimiento de primer orden. Es decir, no podemos conocer causas, solo efectos. No afectos, sino afectaciones. La sucesión de afecciones desordenadas que se produce entre dos cuerpos, hacen que tenses tu cuerpo, lo hagas uno frente a la multiplicidad. Es imposible prever donde se va a producir el próximo encuentro. Ninguna afección es predictiva, solo podemos conocer cada una de ellas, separada. “
Acto seguido, y mientras todo el público presente le pedía otra, cerró su presentación con su mayor hit: “Nadie sabe lo que puede un cuerpo”, dijo, se transformó en un cigarrillo, y se fumó a si mismo.
Caundo la palabra estuvo ausente, una mirada no valió mas ni menos que mil paabras, valió por si misma, empujando a los que se miraban a un lugar donde nada que de lo que ocurría podía ser narrado.
Cuando el Sonzo abrió la puerta, los locos corrieron –absorbidos en sus ansias de llegar al mar- por la calle que no corre ni en uno ni en otro, sino en todos los sentidos. Cruzaron la rambla, sin mirar a los dos lados y, llegando al mar, se ahogaron.
jueves, 6 de mayo de 2010
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